sábado, 28 de enero de 2017

La savia del tejo

 Un libro apasionante y muy recomendable es LA SAVIA DEL TEJO, escrito y editado por David Matarranz Fernández-Quintanilla.

Sugerimos, como complemento de esta reseña, los siguientes posts de nuestra autoría:

- El tejo, árbol totémico desde el Paleolítico en la Celtiberia
Los tejos, ya protegidos en el Fuero de Soria
- El topónimo Tajueco y el fitónimo tejo




Presentación
Sabia sabiduría de la savia, que no se sabía

Emilio Blanco Castro
Doctor en Biología. Etnobotánico Consultor ambiental botánico

 
En este libro se lanza una hipótesis interesante. El autor queda fascinado por los tejos y las viejas tejedas, como nos ha pasado a otros tantos enganchados por estos árboles fascinantes, sin embargo va más allá, da un paso más.

Construye un puzzle poco a poco con todas las piezas que aquí nos muestra. En un primer momento se documenta profundamente sobre la biología y la ecología de los tejos, descubre su intrigante toxicidad, (albero della morte en italiano), más tarde se intoxicará él mismo. Luego bucea en el Paleolítico y el arte rupestre, con sus representaciones cavernarias, derivando así hacia el arte antiguo y sus decoraciones en vasijas ceremoniales, cuencos y demás objetos materiales. Ello le lleva a profundizar en la mitología, no solo clásica, y principalmente, de las culturas prerromanas europeas. Todo ello siguiendo la estela del gran Ignacio Abella, la persona que ha sacado a la luz en nuestro país la importancia cultural de este árbol y su relación con el arte y la mitología en el viejo continente.

Ve hojas y ramas de tejo representadas por todas partes. En su paranoia momentánea se deriva hacia las plantas chamánicas y los ritos iniciáticos de chamanes y brujos, se interna en las plantas sagradas psi-coactivas, afronta con valentía experiencias personales muy interesantes... Todo ello le lleva a ver en el tejo el gran árbol mitológico del pasado en la cultura europea y mediterránea.

Un día descubre los fluidos del tejo, savia principalmente, savia muy sabía que le guía por caminos insospechados, donde ya no hay bibliografía que consultar ni contrastar; descubre que la composición de la savia no está estudiada químicamente: ¡increíble! Hace un seguimiento minucioso y científico de estos fluidos, su naturaleza, sus tipos, los factores que condicionan su presencia...y encuentra patrones de producción de los mismos, tanto en tejos silvestres como cultivados. Labor esta muy meritoria por la paciencia y dedicación que supone, labor muy difícil,  que realiza con objetividad y buena capacidad de observación.

La posible relación con la luna le lleva a estudiar los ciclos lunares. Este aspecto es uno de los más concienzudos realizados por él, con magnificas gráficas explicativas, complejas, que resumen los factores estudiado; una verdadera investigación científica y detectivesca (véase al final gráficas desplegables).
Para concluir con una hipótesis que abre un mundo de posibilidades: afirma que la savia del tejo (o dichos fluidos de brotación periódica) pudieron estar entre las sustancias que alimentaron los ritos y religiones del pasado europeo, leyendas y mitos donde el tejo debió de ser un árbol mucho más importante en la antigüedad de lo que hoy suponemos, si no el más importante. Nuestros antepasados debieron dominar la técnica de la recolección de dicha savia y  el manejo de la misma para muy diferentes fines, desde el alimentario, el terapéutico o incluso el psicoactivo 0. Memoria histórica que hemos perdido completamente y que él se empeña en redescubrir.

Todo probable, todo posible, aún con cientos de dudas. La verdad es que le tomábamos un poco a broma antes, pero su perseverancia y seriedad en la exposición de ideas y metodología de trabajo, nos ha hecho respetarle profundamente y dudar de nuestros escepticismos. Abre un mundo infinito de posibilidades de investigación y nuevos campos de estudio fitoquímico de la savia, así como de la composición en principios activos de la misma.



Hay grandes aportaciones en este trabajo, fruto de la observación. Se lanza al colectivo de estudiosos de esta especie la existencia de unos fluidos de tipo savia segregados por el árbol con regularidad sorprendente, hecho que se desconocía. Se documenta una relación real con los ciclos lunares y se encuentran diferencias de tipo y cantidad de secreción en machos y hembras (especie dioica). El futuro nos va a decir lo que nos tenga que decir, pero aquí se abren nuevas posibilidades para la especie o grupo de especies del gen. Taxus, por si había pocos aspectos ya conocidos o por conocer.
Íbamos de más experimentados y viejos estudiosos de los tejos (solo por la edad) y él, tomando el relevo, nos ha enseñado muchas cosas nuevas y nos las sigue enseñando. Yo, que soy persona muy realista, concreta y con los pies a tierra, reconozco que David me está aportando muchas cosas y que afronta los problemas con originalidad, rigor y sin prejuicios científicos. Una combinación excelente.

DE LA INTRODUCCIÓN

David Matarranz

El porqué de estas líneas que estoy escribiendo hay que buscarlo en las aguas del río Lozoya y en sus truchas. Tuve la gran suerte, gracias a la ocurrencia de mi abuelo de reconstruir un antiguo molino de agua, allá por los años sesenta, de crecer en un molino. Un molino que ya no muele, pero cuyos muros y vigas cuentan historias del siglo XVIII.

El arroyo de Santa Ana, el antiguo caz del molino y el río Lozoya aíslan la casa, ubicada cerca de las eras del pueblo de Alameda del Valle. Los bosques de rebollo, fresnos desmochados y de enormes álamos le dan su toque de color. Y Peñalara (2.428 m.), con el valle a sus pies, completa un hermoso paisaje, solitario y silencioso.

La pesca en las pozas del río me permitió conocer a personas de todo tipo. Y allí, en el borde del agua, coincidí con Leonardo, hábil y afanado pescador, gran conocedor de la fauna y de la flora del lugar. Y en una de nuestras conversaciones, pasando el rato al ver que no picaban las truchas, los árboles fueron el tema de nuestras charlas. Terminamos fijando nuestra atención sobre dos especies en concreto, protagonistas de la zona: el tejo y la sabina.

Me habló de un árbol hueco, enorme y antiguo, el más viejo de todos los árboles del valle, enriscado al pie de un antiguo cauce glaciar. El relato me cautivó de inmediato. Los tintes legendarios de aquel árbol, un tejo, aumentaron al contarme que estaba a punto de caer. Y decidí que tenía que conocerlo antes de que lo hiciese. Así comenzaron mis relaciones con el tejo. Y la satisfacción, la alegría y las aventuras que más tarde viví en la búsqueda de mis tejos.


El encuentro con aquel árbol milenario sucedió en pleno verano, justo antes de desatarse una temible tormenta eléctrica. Cuando vi el árbol, supe que era el que había descrito Leonardo. Aunque llovía fuerte y los rayos estaban ya muy cerca, fui hacia el tejo. Era grandioso, más ancho que alto, con las ramas bajas y muy largas; parecían brazos. El tronco era descomunal, al aproximarme comprobé que estaba hueco, y no se me ocurrió otra cosa que refugiarme dentro. Ya sé que no es recomendable estar bajo los árboles cuando caen rayos, pero el interior de aquel tejo era un micromundo, apenas
entraba agua y me sentía protegido. Y así, en el interior de su inmenso tronco, tuve la sensación de estar en un lugar muy familiar, como de haber llegado a casa. Me quedé completamente fascinado con el árbol y con todo lo que viví en este encuentro, tanto, que quise conocer otros tejos.
Comencé a buscarlos por los alrededores del molino, pues la Milenaria, como la empecé a llamar por ser hembra, quedaba muy lejos y visitarla era agotador. El sistema de búsqueda era muy sencillo: remontar los arroyos que no se secasen en verano hasta su cabecera, pues el tejo gustaba de humedad casi permanente.

Me di cuenta entonces de que el tejo era un árbol escaso y dificil de encontrar, escondido entre los recovecos de la montaña. La gente del valle (me refiero a la cuenca alta del río Lozoya, en la sierra de Guadarrama), lo conocía y respetaba, e incluso admiraba, pues algunas personas recogieron arbolillos del monte hace muchas décadas para plantarlos junto a su casa, tal y como atestiguan los tejos del pueblo de Rascafría o Alameda del Valle. Pero también tenía mala reputación por su toxicidad, pues causaba envenenamientos mortales al ganado, tales como vacas y caballos, lo que más se criaba en la zona.

Su toxicidad, la penumbra, la desbordante humedad y las frecuentes nieblas, los jardines de helechos, las alfombras de musgo recubriendo el suelo y subiendo por los rojos troncos, las ramas retorcidas por la nieve y el viento o los árboles ahuecados por el tiempo. El tejo creaba una atmósfera muy particular y dificil de describir, por la que me sentía especialmente atraído. La singularidad de este espacio me despertaba un profundo interés.


ÍNDICE DEL LIBRO

Presentación     6
Introducción: el molino, Leonardo y el encuentro con la. Milenaria     8
Adentrándome en el mundo del tejo    10
El viaje a las tejerlas del Sueve    16
"Efecto cueva"    26
El tejo en el arte    36
Extraños ceremoniales y árboles fabulosos     42
Un peligroso viaje    50
El encuentro con la savia     62
Un laboratorio llamado tejo    70
La savia y los ritos     78
Bajo la luz de la luna    90
Las observaciones de la savia     106
El rastro del tejo en la historia    114
El sino de mi búsqueda     126
Epílogo: Al final de la tejeda     146

Apéndices

Sobre el movimiento de la savia y otros fluidos    152
Sobre los vadinienses     156
Sobre los kwakiutl     157
Sobre los eburones     158
Sobre los korowai    160
Sobre los unos    161
Sobre Gárgoris y Hábidis    162
Sobre el arte     164
Sobre la luna y las gráficas    169

Bibliografía.     173

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